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LA MIRILLA

per Alicia Coscollano Masip

Carlota se levanta de la mesa del despacho y camina por el pasillo con sigilo hasta que apoya cuidadosamente la frente y la nariz en la puerta blindada que guarda su particular paraíso

Lucía Llorach

Mientras, en la escalera, Elisa tararea y da un toque al pasamanos con un plumero. Un ritual que sucede todos los sábados desde hace tres años, cuando su comunidad contrató los servicios de una nueva empresa de limpieza. Oculta en su fortaleza, la persigue con la mirada y estudia sus movimientos minuciosamente, el vaho que sale por su boca acaba en la superficie de la puerta pero sin llegar a empañar el cristal de la mirilla. Se mantiene más rígida, si cabe, que cuando los plazos de entrega de sus valorados diseños asoman en el calendario. Su mano derecha descansa sobre el pomo, la otra la cierra en puño y arrastra los nudillos por la pared, a veces, hasta hacerse sangre. No ha comido nada desde ayer y se ha mantenido despierta trabajando durante la noche gracias a cinco cápsulas de café. Suena el teléfono de Elisa y eso hace que Carlota ahora acerque su oído a la puerta. Parece que su hija pequeña le informa que llegará un poco más tarde a casa. Elisa sigue su descenso por las escaleras repasando cada rincón de la barandilla, silbando el estribillo de otra canción y dibujando una sonrisa al encontrarse con la vecina de abajo. De nuevo en el despacho, Carlota puede oír el eco de la charla, apartándola otra vez de la pantalla del ordenador. Se levanta precipitadamente, busca las llaves, abre la puerta, coge el ascensor y espera en la entrada. Un escalofrío recorre su espalda al sentarse sobre el primer escalón. Sus piernas vestidas con un pantalón fino entran en contacto con el mármol dejándola tan helada que parece haber congelado el recuerdo de la clase de COU en su memoria, cuando Elisa y ella eran amigas. Para Carlota, Elisa es todo lo que ella no ha sido y no es. Esa casualidad la agota. Simboliza lo que ha perdido en su carrera publicitaria ascendente. Y cada sábado su voz y su sonrisa resuenan despertando esa carencia en forma de castigo a sus sacrificios o recompensa a sus logros. Se pregunta si bajar hasta allí lo ha hecho con el fin de encontrarse cara a cara con sus miedos o de lleno con sus fortalezas. Su mente no imagina, diseña, y ella lleva diseñando de forma recurrente, desde hace tres años, la forma de hacerla desaparecer. Un escalofrío parecido al que recorrió su espalda hace unos minutos, es ahora la que la impulsa a salir disparada de vuelta a casa. Llena de agua fría sus manos y se la tira por la cara, apenas se seca. Pasa una hora sentada recorriendo con la mirada algunos premios que cuelgan de la pared y otros que lucen en la estantería. Esta vez coge el ascensor hasta el piso más alto, saca de una bolsa de plástico el depósito de su aspiradora y lo agita hasta vaciarlo por el hueco de la escalera formando una lluvia ácida, gris e indefinida.

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